Un foco de sonido, flotando en medio de la sala
Todo parlante empuja el aire. Domosonica usa cientos, cada uno con un retardo calculado
al microsegundo, para que todas esas ondas lleguen a un mismo punto en el mismo
instante. Ahí — y solo ahí — el sonido se suma y se enciende: un foco flotando
en el espacio, sin nada físico que lo sostenga.
No es sonido envolvente ni parlantes apuntados: es interferencia, la misma
física por la que dos piedras arrojadas a un estanque dibujan patrones en el agua —
puesta a componer. El foco puede desplazarse, abrirse en un haz, barrer la sala como
un reflector. Eso es lo que muestra el campo de arriba: una simulación real del
fenómeno, con la física de verdad.
El horizonte del proyecto es un campo de ~500 parlantes distribuidos
en el espacio, construido con nodos autónomos de 32 canales conectados en red. La sala
deja de ser el lugar donde suena la obra: es el instrumento.